William Shakespeare: Cineasta

El otro día, tras leer un par de libros acerca de Shakespeare, me metí en IMDB para cerciorarme de cuantas adaptaciones se han hecho de su obra al cine, una obra que nos sigue fascinando a tantos más de cuatro siglos después de su muerte.

Según aquel base de datos, Shakespeare tiene ni más ni menos de 1243 créditos de escritor hasta la fecha, con más de 400 películas o TV movies íntegras basadas en obras suyas en existencia. Lo cual quiere decir que es el autor más “rodado” en la historia, con películas que van desde las obras maestras de Orson Welles y Laurence Olivier, a las valiosas adaptaciones del japonés Kurosawa, sin pasar por alto peculiaridades de agradecer como la desternillante Hamlet Va de Negocios de Aki Kaurismaki, o la ingeniosa Rosencrantz y Guildenstern Están Muertos de Tom Stoppard.

Con estos datos en la mano, creo que vale la pena pensar en este aspecto de Shakespeare, pensar en esa faceta de lo se puede considerar una carrera póstuma suya. Es decir, y por mucho que viviese unos 300 años antes de los hermanos Lumiére, pensar en Shakespeare como cineasta.

De Shakespeare se ha dicho muchas tonterías desde hace siglos. La que tiene más recorrido es el disparate de que Shakespeare no era Shakespeare, sino otra persona en la sombra que utilizaba su identidad como máscara para no se sabe qué fines. El ensayista, filósofo y hombre de letras inglés, Francis Bacon, suele ser el candidato más citado en dicho papel, a pesar de que escribiese bajo nombre propio y con un estilo bien distinto a Shakespeare.

En realidad, la duda arrojada sobre la autoría de Shakespeare no viene apoyada de ninguna evidencia concreta, sino que se base más bien en un prejuicio del clasismo: el de que un hombre del campo con una educación media, como era Guillermo Shakespeare, nunca pudiese haber escrito tantas obras maestras.

Teorías conspiratorias aparte, el caso es que tenemos abundante evidencia de la existencia de Shakespeare, tanta que no puede haber lugar a dudas de que Shakespeare era, en efecto, Shakespeare, algo que no es de sorprender al fin de cuentas.

Otra tontería que se comenta a propósito del Bard de Avon es exclusivamente de nuestros tiempos: a menudo se dice, o yo por lo menos lo he oído decir, de que, si estuviese vivo hoy, Shakespeare estaría escribiendo series para HBO o Netflix. Shakespeare sería un guionista de series de televisión, según algunos.

No se puede afirmar nada categóricamente al respecto, puesto que es pura conjetura, pero sí se puede rebatir la lógica del argumento, ya que con la excepción de una sola obra tal vez, Shakespeare apenas inventa un argumento en toda su carrera. Su genio no reside en inventar tramas novedosas o brillantes, justo el contrario más bien.

Shakespeare escribía siempre a base de obras pre-existentes: leyendas o historias ya recopiladas por los cronistas de Inglaterra o de Europa o, como en el caso de Julio Cesar, aprovechándose de autores de la antigüedad, como Plutarco, para la materia de sus historias.

Lo que hace Shakespeare es rescribir historias, cargarlas con un inglés sin par, además de añadir personajes. Cambia y elabora obras o leyendas hasta transformarlas por completo, dejándolas en algo “rico y extraño”, para citar el discurso famoso del personaje de Ariel en La Tempestad.

De ahí que ya existían las leyendas del Rey Lear o de Macbeth mucho antes de William Shakespeare naciera, mientras la trama básica de Hamlet ha existido en muchas culturas europeas, y se sabe que la obra de Shakespeare del mismo nombre estaba basada en una obra pre-existente que se ha perdido.

Creo que este aspecto de Shakespeare es interesante para cualquier guionista en este mundo saturado de historias que abarcan experiencias humanas que, por muy variadas que sean, no dejan de ser finitas: lo que tienes que contar no importa tanto como la manera de que lo cuentes.

La tercera cosa que habría que destacar sobre William Shakespeare es que es actor. Shakespeare empieza como actor y forma parte de un grupo de teatro – primero Los Hombres de Lord Chamberlain y, después, Los Hombres del Rey – y participa en muchas de sus propias obras como comediante.

Según el crítico inglés Jonathan Bate, este aspecto es fundamental en entender el genio de Shakespeare: lo suyo es un fenómeno interpretativo, en el sentido más amplio de aquella palabra, es decir, sin limitarnos al quehacer del actor profesional en el escenario.

Shakespeare, se dice, “vivía con sus personajes” y ciertamente, la costumbre de convertirse en otro como hacen los actores puede ser una ventaja a la hora de escribir, y para los que no somos actores y escribimos, una técnica interesante y un recurso más. Pues resulta difícil no sospechar que, cuando Shakespeare escribía, también interpretaba cada uno de los papeles que iba plasmando en papel. Y no lo olvidemos que es su creación, Jacques, el melancólico viajero en Como Les Guste quién afirma que “el mundo entero es un escenario, y todos los hombres y mujeres, meros comediantes.”

Lo que haría Shakespeare si viviese hoy en día es una especulación más bien vana, pero si vamos a eso, habría que proceder basado en lo que sabemos de él. Primero, tendría que ser un actor y un escritor que se dedica al arte puntero de su tiempo, un arte al filo de la modernidad, como era el teatro Isabelino en su día. No sé si el cine seguirá siendo el arte de la modernidad en el siglo XXI, más bien creo que no, pero que lo haya sido en el siglo XX está fuera de cualquier duda.

Siendo así, Shakespeare sería un cineasta, un escritor, director y productor también lo más seguro. Como guionista, tendría la tendencia de adaptar libros u obras de teatro para la gran pantalla, más bien que inventar argumentos. Sería un hombre exitoso, bien considerado y reconocido, que gana un buen dinero por la época en que vive. Y como los genios se suelen reconocer entre ellos, y además se trata de un actor, lo más seguro es que sería un gran admirador de Shakespeare por añadidura.

Con todo esto dicho, es claro que solo hay un cineasta del siglo XX que reúne aquellas características, y ese cineasta es Orson Welles. No es de extrañar, por tanto, que son las adaptaciones que Welles hace de Shakespeare, y sobre todo tal vez, Campanadas A Medianoche, que siguen siendo, a día de hoy, la cumbre de las representaciones de la obra de Shakespeare en la gran pantalla, por lo menos a mi juicio.

Si la presencia de un actor queda captada en la pantalla como “el reflejo de un espejo diferido en el tiempo” como sostiene André Bazin, tal vez es a través de la presencia de Welles en la pantalla, su imagen diferida en el tiempo, que podamos vislumbrar un destello de lo que habría sido William Shakespeare de haber vivido en nuestros tiempos: es decir, de William Shakespeare, cineasta.

El Canon Que Necesitaba El Cine Español

Publicado en Bloguionistas

La revista Caimán Cuadernos de Cine publicó en Mayo una encuesta a 350 expertos en cine español –críticos, historiadores, archivistas, directores de festivales, etc.– con el afán de establecer una lista de las 100 mejores películas de la historia del cine español.

La encuesta es la más extensa en número de participantes jamás llevada a cabo en España y en su buen quehacer, el equipo de Caimán también ha incluido las respuestas de cada uno de los participantes, algunas de las cuales arrojan luz sobre filmes para muchos olvidados o desconocidos, y nos ponen deberes a la vez que nos abren caminos nuevos.

Ante una empresa de semejante envergadura, uno siente sobre todo agradecimiento al equipo de Caimán –revista que pronto celebrará su décimo aniversario- por haber emprendido un trabajo tan complicado como valioso, y haber alumbrado un nuevo canon del cine español.

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Al nivel más básico, el canon de Caimán es muy útil como chuleta para los que tienen curiosidades cinéfilas, bastante más eficaz que cursos caros o lecturas extensas que requieren una mayor inversión de tiempo y dinero: ofrece un mapa del territorio de la cinematografía española, sirve para ubicarse, y es un mirador desde el cual observar las siempre cambiantes tendencias de la filmografía nacional, sus lagunas, lo que se ha hecho y lo que no, lo que ha quedado y lo que se ha desvanecido. Tampoco hay que estar de acuerdo con los caminos trazados por los expertos consultados para sacarle provecho, de ahí interesante en incluir las respuestas de cada uno de los participantes, que llegan a citar hasta 455 películas españolas entre todos.

El crítico norteamericano Jonathan Rosenbaum nos cuenta en la introducción de su Essential Cinema: On the Necessity of Film Canons,cómo una encuesta de las 100 mejores películas de la revista Sight and Sound le sirvió de soporte a su cinefilia incipiente, y cómo aquello dio un gran impulso a su carrera de crítico. Rosenbaum pasaría los siguientes meses y años, “como un coleccionista de mariposas” en sus propias palabras, a la caza de aquellas 100 cintas.

Un canon sirve también como campo de referencias y significados. Un campo magnético, por así decirlo, que establece una fuerza de gravedad a todo lo que pretende orbitar en este espacio. Y un campo de batalla también, pues no tenemos que estar de acuerdo con todos los resultados de la encuesta, como es obvio.

Huelga decir que si un canon nacional es importante, uno internacional lo es tanto o más, pero si un guionista español se plantea escribir un guión sobre unos viejos amigos que se van al campo a pegar tiros a conejos, más le vale haber visto y estudiado La Caza de Carlos Saura, aunque sólo sea por no repetir lo ya hecho.

Las primeras diez películas de la lista ofrecen dos de Victor Erice, El Espíritu de la Colmena (puesto 2) y El Sur (puesto 7); dos de Luis García Berlanga,El Verdugo (3) y Plácido (4), y dos de Fernando Fernán Gómez, El Extraño Viaje (8) y El Mundo Sigue (9). Completan los primeros diez títulos dos rarezas irrepetibles y misteriosas como son Arrebato de Iván Zulueta (5) y El Desencanto de Jaime Chávarri (10), además de La Caza de Carlos Saura (6). El puesto número uno de la lista lo ocupa Viridiana de Luis Buñuel, con guión del propio Buñuel y Julio Alejandro.

Resulta difícil discrepar con la lista de las primeras veinte o veinticinco títulos, aunque seguramente se podría discutir el orden y enzarzarse en debates más bien estériles sobre qué película dentro de la filmografía de Erice es mejor, si El Sur o El Espíritu de la Colmena, o si es con Plácido o elVerdugo que Berlanga llega a su cumbre.

A efectos de guiones y guionistas, no se pregunta en la encuesta cuál es el mejor libreto de la historia del cine español, pero lo que sobresale de los cien títulos mejor votados es la presencia de Rafael Azcona, como era de esperar por otra parte. En total, Azcona tiene crédito de guionista en no menos de ocho títulos de las cien mejores películas si no me equivoco, una cifra increíble si se para a pensar en lo difícil que es escribir un buen guión de cine. Además, dos de aquellas figuran en las primeras diez títulos de la lista, y otro suyo firmado con Fernando Trueba, Belle Epoque, fue ganador del Oscar de Mejor Película Extranjera.

Concuerdo con los resultados de la encuesta y los participantes que primaron El Verdugo por un fotograma encima de Plácido, pues tengo para mí que aquel título, con guión sublime de Azcona y Berlanga, consigue una autentica hazaña al convertir a un verdugo en víctima, literalmente. Un acto de subversión narrativa de categoría, y a mi parecer, uno de los grandes golpes de genio jamás acometido por un guionista en la historia del cine.

Se suele decir que El Verdugo es un alegato contra la pena de muerte, pero aquello, a mi juicio, es sólo un efecto residual de la película, y planteado así, una lectura más bien pobre del filme. Puestos a denunciar, uno se centraría en el reo. como es el caso de Pena de Muerte de Tim Robbins, por ejemplo. Pero el condenado apenas aparece en la película de Berlanga, que pasó sin pena ni gloria en el momento de su estreno, dicho sea de paso. Justamente el genio de Azcona es que no va a lo obvio.

Y es que Rafael Azcona no es sólo un gran guionista español, sino uno de los más grandes de toda la historia del cine mundial. “Hay que leer más a Borges” dijo Roberto Bolaño sobre el gran argentino, en cuya obra estaba Bolaño más que versado, y de la misma manera creo yo que todos, o casi todos, los que hemos tenido la aspiración de escribir un buen guión pecamos de no analizar más la obra de Don Rafael, por mucho que la hayamos visto ya, pues nunca va a ser demasiado.

Un Eco de Ortega

Este verano he cogido alguno de los ochos tomos de Obras Completas de José Ortega y Gasset de la biblioteca pública de mi barrio, en la magnífica y cuidadísima edición de la propia Fundación que lleva el nombre de quién puede considerarse uno de los grandes intelectuales europeos del siglo XX. Más que ponerme a fondo con la obra de Ortega, he ido picoteando de entre sus numerosas contribuciones a los diarios de España en los años 30 (Tomo V), sobre todo para el periódico La Nación.

Ortega

Con el soporífero teatro de la investidura de un nuevo gobierno en las portadas de los periódicos y los telediarios – ¿alguien sigue el tema con atención mucho menos interés a estas alturas? – resulta llamativo cuantos de los lamentos de Ortega siguen pertinentes a la España de hoy, más de ochenta años después de su publicación.

Uno de las principales reclamaciones de Ortega, en sus artículos para La Nación, en aquellos primeros años de la República II, era que cundiese un sentido de Estado entre los partidos políticos y los cargos públicos de la administración, algo que parece del todo ausente en España día de hoy: a la vista está.

Pues si existiese semejante sentimiento aquí en España, Rajoy habría dimitido hace mucho tiempo. No se puede seguir al frente de un partido tan enfangado en la corrupción como es el Partido Popular – los últimos tres tesoreros del partido han sido procesados si no me equivoco, sin pasar por alto todo el partido parlamentario de Valencia en bloque – sin hacer un daño considerable a la calidad de democracia y el bienestar del Estado Español.

La gente suele confundir gobierno con Estado, como bien anota Ortega en más de alguna ocasión, y en el caso del gobierno de Rajoy, tienen todo el derecho en hacerlo. ¿Qué pensar, si no, de un gobierno cuyo Ministro de Interior ha tramado contra partidos democráticos catalanes, y una Fiscalía del Estado que no hace nada al respecto cuando las pruebas se le ponen delante de las narices? ¿Qué clase de Estado de Derecho es esto? En cualquier otro país democrático, el escándalo habría sido monumental – y a estas alturas, por doble partida – mientras en España, muchos se limitan a encogerse de hombros, mientras otros aplauden abiertamente.

Pero si la corrupción masiva del PP no fuese suficiente, aun así Rajoy tendría que haber dimitido después del 20D, puesto que era su liderazgo que imposibilitaba un acuerdo entre las demás fuerzas políticas. La actitud del presidente del gobierno Rajoy ha sido del todo deleznable y reprochable desde el varapalo de las elecciones generales de Diciembre .

El PSOE, por su parte, tendría que haber cumplido – o haberlo intentado con algo de ahínco – con el principal deber del partido político progresista más votado no una sino dos veces ya: intentar formar un gobierno con todas las fuerzas progresistas del parlamento. En lugar de eso, el PSOE ha caído en la paranoia y el inmovilismo, superado por un miedo cerval que parece que impida pensar. El PSOE parece que ha renunciado del todo la política, el arte de la política parlamentaria, y a estas alturas, uno tiende a preguntarse de qué sirve Pedro Sánchez, para que esta allí.

Albert Rivera, por su parte, se ha revelado un veleta, y además, un frívolo y oportunista al coger el primero vuelo para Caracas – ¿desde cuándo ha sido España un país de mediadores por cierto, como tiene fama Suecia por ejemplo? – cuando  suficiente tenía entre manos en un España sin gobierno se supone. En cuanto a Pablo Iglesias, la eyaculación precoz que suponen sus exigencias y reclamaciones antes de comenzar ni siquiera las primeras negociaciones con el PSOE después del 20D, le han dejado con visos del pretendiente que anuncia que ya tiene novia a todo el mundo que se encuentra en el camino a su primera cita.

Por otra parte, la prensa española, con alguna excepción particular, ha apoyado a los suyos, cada diario con la misma mezcla de fervor, paranoia, histeria y exageración que caracteriza la prensa nacional de un tiempo a esta parte.

El único que queda bien en todo este desaguisado es el propio Ortega y Gasset, cuya opinión de los políticos era más bien negativa. Sus palabras, del 7 de Julio 1932 en La Nación, solo cobran más relevancia con el paso de los meses y las semanas: “En ningún país los políticos constituyen una selección de los hombres más inteligentes. Ni siquiera las primeras figuras de los partidos lo son…En general, el político es como tal un hombre de segunda clase. Fracasados en otras profesiones, se acogen a la actividad política porque es más fácil, de labor menos precisa…”.

Cuánta razón tenía Ortega, por lo menos en este caso…

 

Salirse del Brexit

Como tantos otros británicos residentes en España durante muchos años, veía llegar los resultados del referéndum sobre la permanencia o no del Reino Unido en la UE la noche del 23 de Junio con una mezcla de desaliento, incredulidad y rabia. Más todavía al constatar que Escocia había votado de forma aplastante con el 62% del voto, a permanecer en la UE, y que la ciudad de mi infancia, Edimburgo, había devuelto un rotundo 74%. Como era de esperar por otra parte. ¿Cómo iba a darle la espalda a Europa la capital de la Ilustración Escocesa, la ciudad de Adam Smith y David Hume, de Stevenson y de Conan Doyle?

Scotland and England

Tras el choque inicial, tocaba preguntarse cómo hemos llegado aquí. ¿Cómo era que Inglaterra, un país asociado con los valores de la tolerancia, con su larga tradición de acoger a exiliados y refugiados, desde Karl Marx a Arturo Barea, con la capital más multicultural del mundo, había podido votar a irse de la UE, a base de una campaña de mentiras, y sirviéndose de un discurso anti-inmigración cuando no ya directamente xenófobo? Destacaría tres factores al respecto a guisa de respuesta.

El primer factor es una campaña de desprecio a la Unión Europea desde los días de Thatcher, acuciado por una prensa amarilla de una bajeza moral y falta de ética que no tiene parangón en el mundo. Desde hace mucho, la UE ha sido una cabeza de turco para todos los males de los ingleses, algo que los políticos de ambos grandes partidos no han hecho más que avalar, desde Cameron al referirse a “enjambres de inmigrantes” hace poco, a Brown que ni siquiera hizo acto de presencia en la firma del Tratado de Lisboa. El establecimiento político de Londres ha utilizado la UE como arma arrojadiza demasiadas veces ya para que sus reclamaciones de última hora para permanecer en Europa pudiesen sonar creíbles ni convincentes.

El segundo factor es una identidad nacional inglesa trasnochada, que se basa, todavía, en un sentimiento de superioridad asociado con el Imperio, la idea extendida de que Inglaterra es y siempre será el centro del planeta tierra. Este sentimiento y su resurgimiento, pues nunca llegó a desparecer del todo, también se deben a Margaret Thatcher, cuyo propósito declarado al llegar al poder era devolverle el “gran” a Gran Bretaña. Y Gran Bretaña para los ingleses es sinónimo de Inglaterra, más veces que no. Desde la llegada de Thatcher, el Reino Unido se ha involucrado en numerosas guerras en el extranjero, en gran parte debajo de la influencia de una embriaguez nacionalista y cuasi imperialista, con efectos de lo más dañinos como se ha visto en el descalabro en Iraq y el desastre en Afganistán.

El tercer factor en el debacle del 23 de Junio es una generación de políticos tan ineptos como cínicos como es la actual inglesa. La campaña a favor de permanecer en la UE no ha podido articular ni mínimamente de qué sirve la Unión Europea, ni las funciones más básicas que desempeña. Además, ha sido liderada por dos de los políticos más blandengues de los últimos tiempos: el Tory, David Cameron, tan ingenuo como pagado a sí mismo, y el soso Corbyn, líder del Labour Party.

En cambio, la campaña para salirse ha contado con el apoyo de unos desalmados sin escrúpulos, como es el caso de Boris Johnson o Michael Gove, dos ventajistas y chisgarabises, además del xenófobo y peligroso Nigel Farage. Con aquellos tres individuos al timón, la campaña de salirse del UE se ha movilizado con todo el brío e ímpetu que se suelen encontrar en las empresas humanas descabelladas o directamente enloquecidas. El resultado es la legitimación de un discurso racista y xenófobo en el seno de la democracia inglesa, algo confirmado por el auge de denuncias por agresiones de carácter racista desde el 23 de Junio.

En Escocia, como de costumbre, se ha tenido que votar a sabiendas de que nuestra voz no iba a ser decisiva, que estamos en manos de nuestros vecinos en Inglaterra, cuya superioridad numérica es del orden de diez a uno. Pero puede que, con este resultado, Inglaterra ha votado a salirse no de solo una unión, sino de dos. Visto la considerable divergencia en las culturas políticas de Escocia e Inglaterra – como se ve en el mapa adjuntado en cuatro votaciones recientes sobre asuntos de gran envergadura – un segundo referéndum sobre la independencia parece ser una cuestión de tiempo, con algunos que antes eran partidarios de quedarse en el Reino Unido ya dispuestos a planteárselo de nuevo, entre ellos J.K Rowling, autora de la saga de Harry Potter.

Será aquella una elección entre dos uniones: la del Tratado de Unión de 1707 con Inglaterra, que puso fin a Escocia como país independiente en su día y dio lugar al Reino Unido; o la unión de los veintisiete, la Unión Europea, que lejos de ser perfecta, es todavía muy preferible a las alternativas. Entonces habrá llegado a la hora de la verdad para Escocia, y el momento de salirse del Brexit…y de la Unión de 1707.

Time For Rajoy To Show Scotland Some Respect

Published on Bella Caledonia

The chief political virtue of acting Spanish President Mariano Rajoy is a negative virtue and consists of doing nothing, or as little as possible, of watching and waiting, of holding your cards close to your chest and remaining silent, until finally your opponent makes a move, and stumbles and falls into error.

This tactic doesn’t make for glamorous politics but it is highly effective. The homicidal dictator Franco was a master at it and he was in power for forty years in Spain. It is this tactic which explains how it is possible that Rajoy’s corruption wracked Partido Popular won most seats at the Spanish General Election last Sunday. The interim period between the hung Parliament of last December and Sunday’s rerun, saw the other main parties, Podemos, the PSOE and Ciudadanos engage in what looked from the outside like a kind of political vaudeville act– people constantly walking in and out of doors, shaking hands one day, bumping into each other the next – in what appeared to be a common search not to find common ground. Rajoy, meanwhile, did what he does best: nada.

The electorate’s patience was exhausted, its interest sapped over six endless months and the PP unexpectedly won last Sunday, though without a working majority. Pablo Iglesias has attributed the poor electoral showing of Podemos to fear of change, but sheer tedium is a more likely answer. The Left lost one million votes because too many people didn’t bother turning out to cast their ballot paper; politicians tend to forget that most people don’t share their all-consuming interest in the affairs of the public realm.

Thus is was that when Nicola Sturgeon arrived in Brussels last Wednesday, having been universally praised for her statesmanship and seriousness after the disastrous Brexit vote, Rajoy was in ebullient mood and all ready to do his best to stand out from the European crowd and put the spoilers on the day, something which he never fails to do when the word Scotland is even murmured.

Rajoy’s chief passion would appear to be the Spanish national football team and the Spanish national basketball team, and his favourite reading material, apparently, is the Madrid sports newspaper, Marca. So overriding is the sporting passion of Spain’s President that, upon beginning his address at the funeral of Nelson Mandela, at the FNB stadium in Johannesburg, Rajoy announced to the mourners and state dignitaries present, and to the embarrassment of millions of Spaniards at home, just how proud he was to be in the same place where Spain had won the 2010 World Cup, thus showing the same skills in diplomacy as he did the other day when Nicola Sturgeon arrived in Brussels in the middle of the gravest EU crisis ever.

Rajoy’s most sophisticated and oft repeated political maxim is “Spain is a great country”, followed closely by “Spain is a great nation”, and while nobody openly disputes that assertion, the problem is that Rajoy seems to think that everybody else is Spanish, or ought to be, and that Scotland forms some part of Greater Spain, as do 80% of Spain’s paranoid media outlets – with El Pais in pole position – which never fail to misinform, traduce and distort Scotland, its relation to the United Kingdom, and its pretensions to recover the national sovereignty ceded in the Union of Parliaments of 1707, all the more urgent after the Brexit fiasco.

The PP are a nationalist party in a way which is just inconceivable for anybody in Scotland to begin to imagine, because playing on fears of the unity of Spain is a guaranteed vote winner in the Peninsula. Which is why Scotland serves so well in the cracked looking glass of Spanish foreign policy as a surrogate for Catalonia. Nor is Scotland alone in this role. Rajoy’s government would appear to have no real interest in what is going on in the rest of the world – with the obvious exception of sporting tournaments which are presumably followed with fanatical zeal in La Moncloa, the Presidential Palace – except as it pertains to Spain, and plays in Spain, and can be capitalized on in Spanish domestic politics. Scotland is just one example of many.

It was Spanish Foreign Secretary Margallo who was the first European foreign minister to visit Moscow after the annexation of the Crimea, so important to Russian nationhood according to Putin in a way which, say, Catalonia might be argued to be to Spain. More recently, Venezuela has been making the headlines, with the Spanish establishment seeking to smear Podemos by associating them with the regime there, something Le Monde ridiculed recently in the French press. There have been so many visits by Spanish establishment politicians to Venezuela of late, that there is a reasonable case for an hourly shuttle service between Madrid and Caracas. And Rajoy, a man with a passion for austerity economics, chose to visit Greece on the eve of its bailout referendum, anxious that his own domestic austerity policy should not be undermined by the democratic will of the Greek people.

With the tectonic plates of Europe shifting under our feet, Spanish foreign policy stands out in Europe as anachronistic, inflexible and inward looking; out of step with these new changing times: never constructive, always negative. Rajoy would much rather Scotland remain part of the UK, sure, but that is none of his business, and should never come before the integrity of the European project and the dream of a united Europe, in which Scotland has played and continues to play an important part, and has just overwhelmingly endorsed in the Brexit referendum.

Nor should anybody overestimate the power of Spain within the EU, whose decision making process is based on mutual accord between 27 nations and which inevitably involves give and take on all sides, though it took just one phone call from Berlin at the height of the bond crisis for the Spanish Parliament to amend the Spanish Constitution, inserting a 3% deficit cap into what had been an “untouchable” text, with cross-party parliamentary support under former President Zapatero.

Spain might try to slow down an independent Scotland’s adhesion to the EU, but it cannot stop it, that would be unthinkable. And if it cannot stop it, why slow it down? Why not embrace it? It’s important to remember that since Spain joined the EU along with Portugal in 1986, no fewer than 17 countries have become EU members, including Malta and most recently Croatia.

With the EU in serious peril last Wednesday, Mariano Rajoy could not resist snubbing Scotland and thereby Catalonia – describing it as a region as he always does, just as El País newspaper never fails to do, except, of course, when reporting on the inconveniently named Six Nations rugby tournament – revealing himself to be every bit as much a nationalist as Boris Johnson and David Cameron, whose wild and reckless Brexit gamble has left EU leaders somewhere between apoplexy and disbelief.

What kind of foreign policy is this, in which Madrid is far more hostile to the idea of an independent Scotland than London is? Has any British Prime Minister ever expressed even the slightest interest in the domestic politics of Spain, or any Scottish politician for that matter either? Nobody with Europe’s interest at heart can take the Spanish position on Scotland seriously. No serious European politician would meddle in the affairs of a sovereign nation like Rajoy has done in the case of Scotland, time and time again, even going so far as to make an official address on the morning of Scotland’s exemplary democratic referendum in September 2014.

The next time Nicola Sturgeon is in town, if Mariano Rajoy cannot act like a caballero español and even acknowledge the important role Scotland’s First Minister has played over the last week in steadying the ship, then he should stick to what he does best: he should stick to doing nothing.

A Europe in crisis simply cannot afford Spain’s nationalistic and frankly narcissistic foreign policy right now, a moment when the EU needs all the friends and allies it can get.

El Guion Según Hitchcock

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Hitchcock con Ernest Lehman

 

A Alfred Hitchcock se le suele asociar –en cuanto a sus colaboradores se refiere– con sus actrices rubias más fetiches; su reverencia hacia Grace Kelly, su pasión desaforada por Vera Miles, o su turbia y oscura obsesión con Tippi Hedren hacia al final de su carrera.

Pero más instructiva resulta ser su relación con sus guionistas y el concepto del guión que desarrollaba a lo largo de su carrera. Si sabemos de ello, en gran parte es por lo que nos han relatado primeras espadas como el siempre leal Samuel Taylor (“Vértigo”), el injustamente descartado John Michael Hayes (“La Ventana Indiscreta”), el ingenioso Ernest Lehman(“Con La Muerte En Los Talones”) y el infravalorado Charles Bennett(“Sabotaje”).

A lo largo de sus 55 películas, más de una veintena de guionistas firmaron guiones de Hitchcock. Incluida su mujer Alma Reville. Y sin olvidarnos de Angus MacPhail, que acuña el famoso término deMacGuffin; aquel artificio que tanto nos ha servido a los cineastas y que nace a raíz de un anécdota sobre una conversación entre dos pasajeros en un tren destino a Escocia, a propósito del equipaje de uno de ellos:

–¿Qué es lo tiene usted allí?

–Esto es un MacGuffin.

–¿Y que es un MacGuffin?

–Un artificio para atrapar leones en las Tierras Altas de Escocia…

–Pero es que no hay leones en las Tierras Altas de Escocia…

–Pues entonces supongo que esto no va a ser ningún MacGuffin…

Hitchcock no solía firmar sus guiones –con la excepción de un par de ellos al principio de su carrera­– y sin embargo, difícilmente podría un director involucrarse más en el proceso de desarrollo. En sus propias palabras: “Nunca me pongo un crédito de producción o de guión… He sido el escritor del diseño de la película. Dicho de otra manera, me siento con el escritor y expongo toda la película de principio a fin. Luego el guionista se va y elabora sobre aquello. Él dará rasgos a los personajes y escribe los diálogos…”.

Para buscar una analogía, Hitchcock es el arquitecto, y el guionista se ocupa del interior de la casa.

El concepto que tenía Hitchcock del guión de cine nada tiene que ver con las teorías que se difunden en nuestros tiempos y en que se basan la mayoría de los cursos de guión que se ofrecen en el mercado.

Al contrario de lo que nos han contado, Hitchcock planificaba a la vez que escribía, o mejor dicho, escribía pensando en planos. Hitchcock, que casi siempre trabajaba a partir de obras preexistentes, explicaba y hasta dictaba al guionista –a veces ilustrando con dibujos– cómo quería contar la historia, cerrando así un tratamiento que llegaba a ser casi guión técnico a la vez.

Hay que tener en cuenta que Hitchcock empieza haciendo cine mudo, y no será casualidad que tantos de los mejores directores de cine se formen en un momento en que es obligatorio pensar visualmente, ni que tantos de aquellos nombres ­–Fritz Lang, Charlie Chaplin o Ernst Lubitsch, por ejemplo­– sigan siendo referencia casi un siglo después.

Una buena película sigue la lógica de los sueños. Una imagen produce, sugiere o por lo menos tiene relación con la que la sucede de la misma manera que para el escritor una palabra influye y determina la que vendrá después en la frase y la página. Al igual que en la buena literatura siempre se encontrarán ritmo y estilo. En el cine las imágenes tienen sus correspondencias internas, correspondencias misteriosas y no del todo descifrables: un código secreto que elude un análisis definitivo.

En resumen: para Hitchcock, una historia y cómo se cuenta eran inseparables. Resulta difícil discrepar con aquella afirmación, no sólo en el cine sino en cualquiera de los artes que yo conozco. ¿Qué podemos decir sobre todo esto?

1) ¿No va a resultar extraño que el método de trabajo de guión del, tal vez, mejor director de todos los tiempos se suele pasar por alto tanto en la oficinas de productores como en cursos y libros de cine? En estos últimos se suele hacer hincapié en que el guionista tenga que desarrollar una narrativa sin incurrir en planos, incluso llegando a considerar cualquier desvío de aquel dogma una osadía del guionista, una presunción y no sé si hasta una impertinencia.

2) Descontando la perogrullada de que no somos Hitchcock –pero eso no va a ser decisivo; estamos hablando de un método de trabajo, no ya con qué grado de perfección se aplica ni tampoco lo que se pretende hacer con él–uno no puede dejar de pensar que ceñirse a una arbitrariedad como aquella es contraproducente y obedece más bien a razones industriales que artísticas.

Los departamentos de desarrollo de cine –y de la tele, seguro– no dejan de ser una especie de departamento de control de calidad, tal y como se encuentra en cualquier gran empresa. Hitchcock empieza a trabajar en un momento en que la industria está en ciernes, antes de que se hayan sentado sus bases y, por tanto, su control sobre el proceso industrial del cine. Hoy en día, lo más seguro es que no le dejarían trabajar así.

El caso es que el guionista ya piensa en planos, estando o no plenamente consciente de ello: ¿no soñamos todas las noches en planos, o es que sólo lo hacen los directores? Añadiría algo más: cuanta más nitidez tengan los planos en los que piensa el guionista, mejor serán los resultados.

Otra cosa es que no conviene poner los planos por escrito en el guión, salvo en momentos muy concretos. Pero creo que el guionista piensa en planos tanto como el director –luego serán planos menos interesantes tal vez, más obvios y convencionales–. En todo caso, lo que le distingue del director serán otras cuestiones: de liderazgo, de conocimientos técnicos, de estilo visual o de dirección de actores.

Con todo esto dicho, no quiero quitar validez ni a los manuales de guión ni a los cursos. La mayoría del tiempo el guionista se encontrará en una situación donde se impone un criterio industrial y no queda más que plegarse a ello. Pero exigir a un guionista que se abstenga de pensar en planos es como pedir al novelista que deje de pensar en frases o párrafos. ¿Qué problema hay si un guionista coge la cámara, por así decirlo, en cierto momento del guión y escenifica con criterio? Al fin y al cabo, ese guionista sólo está siguiendo el método de guión de Alfred Hitchcock y reconociendo que una película no es tanto una historia contada en planos, sino una serie de planos que en su conjunto cuentan una historia.

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