Mes: julio 2016

Un Eco de Ortega

Este verano he cogido alguno de los ochos tomos de Obras Completas de José Ortega y Gasset de la biblioteca pública de mi barrio, en la magnífica y cuidadísima edición de la propia Fundación que lleva el nombre de quién puede considerarse uno de los grandes intelectuales europeos del siglo XX. Más que ponerme a fondo con la obra de Ortega, he ido picoteando de entre sus numerosas contribuciones a los diarios de España en los años 30 (Tomo V), sobre todo para el periódico La Nación.

Ortega

Con el soporífero teatro de la investidura de un nuevo gobierno en las portadas de los periódicos y los telediarios – ¿alguien sigue el tema con atención mucho menos interés a estas alturas? – resulta llamativo cuantos de los lamentos de Ortega siguen pertinentes a la España de hoy, más de ochenta años después de su publicación.

Uno de las principales reclamaciones de Ortega, en sus artículos para La Nación, en aquellos primeros años de la República II, era que cundiese un sentido de Estado entre los partidos políticos y los cargos públicos de la administración, algo que parece del todo ausente en España día de hoy: a la vista está.

Pues si existiese semejante sentimiento aquí en España, Rajoy habría dimitido hace mucho tiempo. No se puede seguir al frente de un partido tan enfangado en la corrupción como es el Partido Popular – los últimos tres tesoreros del partido han sido procesados si no me equivoco, sin pasar por alto todo el partido parlamentario de Valencia en bloque – sin hacer un daño considerable a la calidad de democracia y el bienestar del Estado Español.

La gente suele confundir gobierno con Estado, como bien anota Ortega en más de alguna ocasión, y en el caso del gobierno de Rajoy, tienen todo el derecho en hacerlo. ¿Qué pensar, si no, de un gobierno cuyo Ministro de Interior ha tramado contra partidos democráticos catalanes, y una Fiscalía del Estado que no hace nada al respecto cuando las pruebas se le ponen delante de las narices? ¿Qué clase de Estado de Derecho es esto? En cualquier otro país democrático, el escándalo habría sido monumental – y a estas alturas, por doble partida – mientras en España, muchos se limitan a encogerse de hombros, mientras otros aplauden abiertamente.

Pero si la corrupción masiva del PP no fuese suficiente, aun así Rajoy tendría que haber dimitido después del 20D, puesto que era su liderazgo que imposibilitaba un acuerdo entre las demás fuerzas políticas. La actitud del presidente del gobierno Rajoy ha sido del todo deleznable y reprochable desde el varapalo de las elecciones generales de Diciembre .

El PSOE, por su parte, tendría que haber cumplido – o haberlo intentado con algo de ahínco – con el principal deber del partido político progresista más votado no una sino dos veces ya: intentar formar un gobierno con todas las fuerzas progresistas del parlamento. En lugar de eso, el PSOE ha caído en la paranoia y el inmovilismo, superado por un miedo cerval que parece que impida pensar. El PSOE parece que ha renunciado del todo la política, el arte de la política parlamentaria, y a estas alturas, uno tiende a preguntarse de qué sirve Pedro Sánchez, para que esta allí.

Albert Rivera, por su parte, se ha revelado un veleta, y además, un frívolo y oportunista al coger el primero vuelo para Caracas – ¿desde cuándo ha sido España un país de mediadores por cierto, como tiene fama Suecia por ejemplo? – cuando  suficiente tenía entre manos en un España sin gobierno se supone. En cuanto a Pablo Iglesias, la eyaculación precoz que suponen sus exigencias y reclamaciones antes de comenzar ni siquiera las primeras negociaciones con el PSOE después del 20D, le han dejado con visos del pretendiente que anuncia que ya tiene novia a todo el mundo que se encuentra en el camino a su primera cita.

Por otra parte, la prensa española, con alguna excepción particular, ha apoyado a los suyos, cada diario con la misma mezcla de fervor, paranoia, histeria y exageración que caracteriza la prensa nacional de un tiempo a esta parte.

El único que queda bien en todo este desaguisado es el propio Ortega y Gasset, cuya opinión de los políticos era más bien negativa. Sus palabras, del 7 de Julio 1932 en La Nación, solo cobran más relevancia con el paso de los meses y las semanas: “En ningún país los políticos constituyen una selección de los hombres más inteligentes. Ni siquiera las primeras figuras de los partidos lo son…En general, el político es como tal un hombre de segunda clase. Fracasados en otras profesiones, se acogen a la actividad política porque es más fácil, de labor menos precisa…”.

Cuánta razón tenía Ortega, por lo menos en este caso…

 

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Salirse del Brexit

Como tantos otros británicos residentes en España durante muchos años, veía llegar los resultados del referéndum sobre la permanencia o no del Reino Unido en la UE la noche del 23 de Junio con una mezcla de desaliento, incredulidad y rabia. Más todavía al constatar que Escocia había votado de forma aplastante con el 62% del voto, a permanecer en la UE, y que la ciudad de mi infancia, Edimburgo, había devuelto un rotundo 74%. Como era de esperar por otra parte. ¿Cómo iba a darle la espalda a Europa la capital de la Ilustración Escocesa, la ciudad de Adam Smith y David Hume, de Stevenson y de Conan Doyle?

Scotland and England

Tras el choque inicial, tocaba preguntarse cómo hemos llegado aquí. ¿Cómo era que Inglaterra, un país asociado con los valores de la tolerancia, con su larga tradición de acoger a exiliados y refugiados, desde Karl Marx a Arturo Barea, con la capital más multicultural del mundo, había podido votar a irse de la UE, a base de una campaña de mentiras, y sirviéndose de un discurso anti-inmigración cuando no ya directamente xenófobo? Destacaría tres factores al respecto a guisa de respuesta.

El primer factor es una campaña de desprecio a la Unión Europea desde los días de Thatcher, acuciado por una prensa amarilla de una bajeza moral y falta de ética que no tiene parangón en el mundo. Desde hace mucho, la UE ha sido una cabeza de turco para todos los males de los ingleses, algo que los políticos de ambos grandes partidos no han hecho más que avalar, desde Cameron al referirse a “enjambres de inmigrantes” hace poco, a Brown que ni siquiera hizo acto de presencia en la firma del Tratado de Lisboa. El establecimiento político de Londres ha utilizado la UE como arma arrojadiza demasiadas veces ya para que sus reclamaciones de última hora para permanecer en Europa pudiesen sonar creíbles ni convincentes.

El segundo factor es una identidad nacional inglesa trasnochada, que se basa, todavía, en un sentimiento de superioridad asociado con el Imperio, la idea extendida de que Inglaterra es y siempre será el centro del planeta tierra. Este sentimiento y su resurgimiento, pues nunca llegó a desparecer del todo, también se deben a Margaret Thatcher, cuyo propósito declarado al llegar al poder era devolverle el “gran” a Gran Bretaña. Y Gran Bretaña para los ingleses es sinónimo de Inglaterra, más veces que no. Desde la llegada de Thatcher, el Reino Unido se ha involucrado en numerosas guerras en el extranjero, en gran parte debajo de la influencia de una embriaguez nacionalista y cuasi imperialista, con efectos de lo más dañinos como se ha visto en el descalabro en Iraq y el desastre en Afganistán.

El tercer factor en el debacle del 23 de Junio es una generación de políticos tan ineptos como cínicos como es la actual inglesa. La campaña a favor de permanecer en la UE no ha podido articular ni mínimamente de qué sirve la Unión Europea, ni las funciones más básicas que desempeña. Además, ha sido liderada por dos de los políticos más blandengues de los últimos tiempos: el Tory, David Cameron, tan ingenuo como pagado a sí mismo, y el soso Corbyn, líder del Labour Party.

En cambio, la campaña para salirse ha contado con el apoyo de unos desalmados sin escrúpulos, como es el caso de Boris Johnson o Michael Gove, dos ventajistas y chisgarabises, además del xenófobo y peligroso Nigel Farage. Con aquellos tres individuos al timón, la campaña de salirse del UE se ha movilizado con todo el brío e ímpetu que se suelen encontrar en las empresas humanas descabelladas o directamente enloquecidas. El resultado es la legitimación de un discurso racista y xenófobo en el seno de la democracia inglesa, algo confirmado por el auge de denuncias por agresiones de carácter racista desde el 23 de Junio.

En Escocia, como de costumbre, se ha tenido que votar a sabiendas de que nuestra voz no iba a ser decisiva, que estamos en manos de nuestros vecinos en Inglaterra, cuya superioridad numérica es del orden de diez a uno. Pero puede que, con este resultado, Inglaterra ha votado a salirse no de solo una unión, sino de dos. Visto la considerable divergencia en las culturas políticas de Escocia e Inglaterra – como se ve en el mapa adjuntado en cuatro votaciones recientes sobre asuntos de gran envergadura – un segundo referéndum sobre la independencia parece ser una cuestión de tiempo, con algunos que antes eran partidarios de quedarse en el Reino Unido ya dispuestos a planteárselo de nuevo, entre ellos J.K Rowling, autora de la saga de Harry Potter.

Será aquella una elección entre dos uniones: la del Tratado de Unión de 1707 con Inglaterra, que puso fin a Escocia como país independiente en su día y dio lugar al Reino Unido; o la unión de los veintisiete, la Unión Europea, que lejos de ser perfecta, es todavía muy preferible a las alternativas. Entonces habrá llegado a la hora de la verdad para Escocia, y el momento de salirse del Brexit…y de la Unión de 1707.

Time For Rajoy To Show Scotland Some Respect

Published on Bella Caledonia

The chief political virtue of acting Spanish President Mariano Rajoy is a negative virtue and consists of doing nothing, or as little as possible, of watching and waiting, of holding your cards close to your chest and remaining silent, until finally your opponent makes a move, and stumbles and falls into error.

This tactic doesn’t make for glamorous politics but it is highly effective. The homicidal dictator Franco was a master at it and he was in power for forty years in Spain. It is this tactic which explains how it is possible that Rajoy’s corruption wracked Partido Popular won most seats at the Spanish General Election last Sunday. The interim period between the hung Parliament of last December and Sunday’s rerun, saw the other main parties, Podemos, the PSOE and Ciudadanos engage in what looked from the outside like a kind of political vaudeville act– people constantly walking in and out of doors, shaking hands one day, bumping into each other the next – in what appeared to be a common search not to find common ground. Rajoy, meanwhile, did what he does best: nada.

The electorate’s patience was exhausted, its interest sapped over six endless months and the PP unexpectedly won last Sunday, though without a working majority. Pablo Iglesias has attributed the poor electoral showing of Podemos to fear of change, but sheer tedium is a more likely answer. The Left lost one million votes because too many people didn’t bother turning out to cast their ballot paper; politicians tend to forget that most people don’t share their all-consuming interest in the affairs of the public realm.

Thus is was that when Nicola Sturgeon arrived in Brussels last Wednesday, having been universally praised for her statesmanship and seriousness after the disastrous Brexit vote, Rajoy was in ebullient mood and all ready to do his best to stand out from the European crowd and put the spoilers on the day, something which he never fails to do when the word Scotland is even murmured.

Rajoy’s chief passion would appear to be the Spanish national football team and the Spanish national basketball team, and his favourite reading material, apparently, is the Madrid sports newspaper, Marca. So overriding is the sporting passion of Spain’s President that, upon beginning his address at the funeral of Nelson Mandela, at the FNB stadium in Johannesburg, Rajoy announced to the mourners and state dignitaries present, and to the embarrassment of millions of Spaniards at home, just how proud he was to be in the same place where Spain had won the 2010 World Cup, thus showing the same skills in diplomacy as he did the other day when Nicola Sturgeon arrived in Brussels in the middle of the gravest EU crisis ever.

Rajoy’s most sophisticated and oft repeated political maxim is “Spain is a great country”, followed closely by “Spain is a great nation”, and while nobody openly disputes that assertion, the problem is that Rajoy seems to think that everybody else is Spanish, or ought to be, and that Scotland forms some part of Greater Spain, as do 80% of Spain’s paranoid media outlets – with El Pais in pole position – which never fail to misinform, traduce and distort Scotland, its relation to the United Kingdom, and its pretensions to recover the national sovereignty ceded in the Union of Parliaments of 1707, all the more urgent after the Brexit fiasco.

The PP are a nationalist party in a way which is just inconceivable for anybody in Scotland to begin to imagine, because playing on fears of the unity of Spain is a guaranteed vote winner in the Peninsula. Which is why Scotland serves so well in the cracked looking glass of Spanish foreign policy as a surrogate for Catalonia. Nor is Scotland alone in this role. Rajoy’s government would appear to have no real interest in what is going on in the rest of the world – with the obvious exception of sporting tournaments which are presumably followed with fanatical zeal in La Moncloa, the Presidential Palace – except as it pertains to Spain, and plays in Spain, and can be capitalized on in Spanish domestic politics. Scotland is just one example of many.

It was Spanish Foreign Secretary Margallo who was the first European foreign minister to visit Moscow after the annexation of the Crimea, so important to Russian nationhood according to Putin in a way which, say, Catalonia might be argued to be to Spain. More recently, Venezuela has been making the headlines, with the Spanish establishment seeking to smear Podemos by associating them with the regime there, something Le Monde ridiculed recently in the French press. There have been so many visits by Spanish establishment politicians to Venezuela of late, that there is a reasonable case for an hourly shuttle service between Madrid and Caracas. And Rajoy, a man with a passion for austerity economics, chose to visit Greece on the eve of its bailout referendum, anxious that his own domestic austerity policy should not be undermined by the democratic will of the Greek people.

With the tectonic plates of Europe shifting under our feet, Spanish foreign policy stands out in Europe as anachronistic, inflexible and inward looking; out of step with these new changing times: never constructive, always negative. Rajoy would much rather Scotland remain part of the UK, sure, but that is none of his business, and should never come before the integrity of the European project and the dream of a united Europe, in which Scotland has played and continues to play an important part, and has just overwhelmingly endorsed in the Brexit referendum.

Nor should anybody overestimate the power of Spain within the EU, whose decision making process is based on mutual accord between 27 nations and which inevitably involves give and take on all sides, though it took just one phone call from Berlin at the height of the bond crisis for the Spanish Parliament to amend the Spanish Constitution, inserting a 3% deficit cap into what had been an “untouchable” text, with cross-party parliamentary support under former President Zapatero.

Spain might try to slow down an independent Scotland’s adhesion to the EU, but it cannot stop it, that would be unthinkable. And if it cannot stop it, why slow it down? Why not embrace it? It’s important to remember that since Spain joined the EU along with Portugal in 1986, no fewer than 17 countries have become EU members, including Malta and most recently Croatia.

With the EU in serious peril last Wednesday, Mariano Rajoy could not resist snubbing Scotland and thereby Catalonia – describing it as a region as he always does, just as El País newspaper never fails to do, except, of course, when reporting on the inconveniently named Six Nations rugby tournament – revealing himself to be every bit as much a nationalist as Boris Johnson and David Cameron, whose wild and reckless Brexit gamble has left EU leaders somewhere between apoplexy and disbelief.

What kind of foreign policy is this, in which Madrid is far more hostile to the idea of an independent Scotland than London is? Has any British Prime Minister ever expressed even the slightest interest in the domestic politics of Spain, or any Scottish politician for that matter either? Nobody with Europe’s interest at heart can take the Spanish position on Scotland seriously. No serious European politician would meddle in the affairs of a sovereign nation like Rajoy has done in the case of Scotland, time and time again, even going so far as to make an official address on the morning of Scotland’s exemplary democratic referendum in September 2014.

The next time Nicola Sturgeon is in town, if Mariano Rajoy cannot act like a caballero español and even acknowledge the important role Scotland’s First Minister has played over the last week in steadying the ship, then he should stick to what he does best: he should stick to doing nothing.

A Europe in crisis simply cannot afford Spain’s nationalistic and frankly narcissistic foreign policy right now, a moment when the EU needs all the friends and allies it can get.