Salirse del Brexit

Como tantos otros británicos residentes en España durante muchos años, veía llegar los resultados del referéndum sobre la permanencia o no del Reino Unido en la UE la noche del 23 de Junio con una mezcla de desaliento, incredulidad y rabia. Más todavía al constatar que Escocia había votado de forma aplastante con el 62% del voto, a permanecer en la UE, y que la ciudad de mi infancia, Edimburgo, había devuelto un rotundo 74%. Como era de esperar por otra parte. ¿Cómo iba a darle la espalda a Europa la capital de la Ilustración Escocesa, la ciudad de Adam Smith y David Hume, de Stevenson y de Conan Doyle?

Scotland and England

Tras el choque inicial, tocaba preguntarse cómo hemos llegado aquí. ¿Cómo era que Inglaterra, un país asociado con los valores de la tolerancia, con su larga tradición de acoger a exiliados y refugiados, desde Karl Marx a Arturo Barea, con la capital más multicultural del mundo, había podido votar a irse de la UE, a base de una campaña de mentiras, y sirviéndose de un discurso anti-inmigración cuando no ya directamente xenófobo? Destacaría tres factores al respecto a guisa de respuesta.

El primer factor es una campaña de desprecio a la Unión Europea desde los días de Thatcher, acuciado por una prensa amarilla de una bajeza moral y falta de ética que no tiene parangón en el mundo. Desde hace mucho, la UE ha sido una cabeza de turco para todos los males de los ingleses, algo que los políticos de ambos grandes partidos no han hecho más que avalar, desde Cameron al referirse a “enjambres de inmigrantes” hace poco, a Brown que ni siquiera hizo acto de presencia en la firma del Tratado de Lisboa. El establecimiento político de Londres ha utilizado la UE como arma arrojadiza demasiadas veces ya para que sus reclamaciones de última hora para permanecer en Europa pudiesen sonar creíbles ni convincentes.

El segundo factor es una identidad nacional inglesa trasnochada, que se basa, todavía, en un sentimiento de superioridad asociado con el Imperio, la idea extendida de que Inglaterra es y siempre será el centro del planeta tierra. Este sentimiento y su resurgimiento, pues nunca llegó a desparecer del todo, también se deben a Margaret Thatcher, cuyo propósito declarado al llegar al poder era devolverle el “gran” a Gran Bretaña. Y Gran Bretaña para los ingleses es sinónimo de Inglaterra, más veces que no. Desde la llegada de Thatcher, el Reino Unido se ha involucrado en numerosas guerras en el extranjero, en gran parte debajo de la influencia de una embriaguez nacionalista y cuasi imperialista, con efectos de lo más dañinos como se ha visto en el descalabro en Iraq y el desastre en Afganistán.

El tercer factor en el debacle del 23 de Junio es una generación de políticos tan ineptos como cínicos como es la actual inglesa. La campaña a favor de permanecer en la UE no ha podido articular ni mínimamente de qué sirve la Unión Europea, ni las funciones más básicas que desempeña. Además, ha sido liderada por dos de los políticos más blandengues de los últimos tiempos: el Tory, David Cameron, tan ingenuo como pagado a sí mismo, y el soso Corbyn, líder del Labour Party.

En cambio, la campaña para salirse ha contado con el apoyo de unos desalmados sin escrúpulos, como es el caso de Boris Johnson o Michael Gove, dos ventajistas y chisgarabises, además del xenófobo y peligroso Nigel Farage. Con aquellos tres individuos al timón, la campaña de salirse del UE se ha movilizado con todo el brío e ímpetu que se suelen encontrar en las empresas humanas descabelladas o directamente enloquecidas. El resultado es la legitimación de un discurso racista y xenófobo en el seno de la democracia inglesa, algo confirmado por el auge de denuncias por agresiones de carácter racista desde el 23 de Junio.

En Escocia, como de costumbre, se ha tenido que votar a sabiendas de que nuestra voz no iba a ser decisiva, que estamos en manos de nuestros vecinos en Inglaterra, cuya superioridad numérica es del orden de diez a uno. Pero puede que, con este resultado, Inglaterra ha votado a salirse no de solo una unión, sino de dos. Visto la considerable divergencia en las culturas políticas de Escocia e Inglaterra – como se ve en el mapa adjuntado en cuatro votaciones recientes sobre asuntos de gran envergadura – un segundo referéndum sobre la independencia parece ser una cuestión de tiempo, con algunos que antes eran partidarios de quedarse en el Reino Unido ya dispuestos a planteárselo de nuevo, entre ellos J.K Rowling, autora de la saga de Harry Potter.

Será aquella una elección entre dos uniones: la del Tratado de Unión de 1707 con Inglaterra, que puso fin a Escocia como país independiente en su día y dio lugar al Reino Unido; o la unión de los veintisiete, la Unión Europea, que lejos de ser perfecta, es todavía muy preferible a las alternativas. Entonces habrá llegado a la hora de la verdad para Escocia, y el momento de salirse del Brexit…y de la Unión de 1707.

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