William Shakespeare: Cineasta

El otro día, tras leer un par de libros acerca de Shakespeare, me metí en IMDB para cerciorarme de cuantas adaptaciones se han hecho de su obra al cine, una obra que nos sigue fascinando a tantos más de cuatro siglos después de su muerte.

Según aquel base de datos, Shakespeare tiene ni más ni menos de 1243 créditos de escritor hasta la fecha, con más de 400 películas o TV movies íntegras basadas en obras suyas en existencia. Lo cual quiere decir que es el autor más “rodado” en la historia, con películas que van desde las obras maestras de Orson Welles y Laurence Olivier, a las valiosas adaptaciones del japonés Kurosawa, sin pasar por alto peculiaridades de agradecer como la desternillante Hamlet Va de Negocios de Aki Kaurismaki, o la ingeniosa Rosencrantz y Guildenstern Están Muertos de Tom Stoppard.

Con estos datos en la mano, creo que vale la pena pensar en este aspecto de Shakespeare, pensar en esa faceta de lo se puede considerar una carrera póstuma suya. Es decir, y por mucho que viviese unos 300 años antes de los hermanos Lumiére, pensar en Shakespeare como cineasta.

De Shakespeare se ha dicho muchas tonterías desde hace siglos. La que tiene más recorrido es el disparate de que Shakespeare no era Shakespeare, sino otra persona en la sombra que utilizaba su identidad como máscara para no se sabe qué fines. El ensayista, filósofo y hombre de letras inglés, Francis Bacon, suele ser el candidato más citado en dicho papel, a pesar de que escribiese bajo nombre propio y con un estilo bien distinto a Shakespeare.

En realidad, la duda arrojada sobre la autoría de Shakespeare no viene apoyada de ninguna evidencia concreta, sino que se base más bien en un prejuicio del clasismo: el de que un hombre del campo con una educación media, como era Guillermo Shakespeare, nunca pudiese haber escrito tantas obras maestras.

Teorías conspiratorias aparte, el caso es que tenemos abundante evidencia de la existencia de Shakespeare, tanta que no puede haber lugar a dudas de que Shakespeare era, en efecto, Shakespeare, algo que no es de sorprender al fin de cuentas.

Otra tontería que se comenta a propósito del Bard de Avon es exclusivamente de nuestros tiempos: a menudo se dice, o yo por lo menos lo he oído decir, de que, si estuviese vivo hoy, Shakespeare estaría escribiendo series para HBO o Netflix. Shakespeare sería un guionista de series de televisión, según algunos.

No se puede afirmar nada categóricamente al respecto, puesto que es pura conjetura, pero sí se puede rebatir la lógica del argumento, ya que con la excepción de una sola obra tal vez, Shakespeare apenas inventa un argumento en toda su carrera. Su genio no reside en inventar tramas novedosas o brillantes, justo el contrario más bien.

Shakespeare escribía siempre a base de obras pre-existentes: leyendas o historias ya recopiladas por los cronistas de Inglaterra o de Europa o, como en el caso de Julio Cesar, aprovechándose de autores de la antigüedad, como Plutarco, para la materia de sus historias.

Lo que hace Shakespeare es rescribir historias, cargarlas con un inglés sin par, además de añadir personajes. Cambia y elabora obras o leyendas hasta transformarlas por completo, dejándolas en algo “rico y extraño”, para citar el discurso famoso del personaje de Ariel en La Tempestad.

De ahí que ya existían las leyendas del Rey Lear o de Macbeth mucho antes de William Shakespeare naciera, mientras la trama básica de Hamlet ha existido en muchas culturas europeas, y se sabe que la obra de Shakespeare del mismo nombre estaba basada en una obra pre-existente que se ha perdido.

Creo que este aspecto de Shakespeare es interesante para cualquier guionista en este mundo saturado de historias que abarcan experiencias humanas que, por muy variadas que sean, no dejan de ser finitas: lo que tienes que contar no importa tanto como la manera de que lo cuentes.

La tercera cosa que habría que destacar sobre William Shakespeare es que es actor. Shakespeare empieza como actor y forma parte de un grupo de teatro – primero Los Hombres de Lord Chamberlain y, después, Los Hombres del Rey – y participa en muchas de sus propias obras como comediante.

Según el crítico inglés Jonathan Bate, este aspecto es fundamental en entender el genio de Shakespeare: lo suyo es un fenómeno interpretativo, en el sentido más amplio de aquella palabra, es decir, sin limitarnos al quehacer del actor profesional en el escenario.

Shakespeare, se dice, “vivía con sus personajes” y ciertamente, la costumbre de convertirse en otro como hacen los actores puede ser una ventaja a la hora de escribir, y para los que no somos actores y escribimos, una técnica interesante y un recurso más. Pues resulta difícil no sospechar que, cuando Shakespeare escribía, también interpretaba cada uno de los papeles que iba plasmando en papel. Y no lo olvidemos que es su creación, Jacques, el melancólico viajero en Como Les Guste quién afirma que “el mundo entero es un escenario, y todos los hombres y mujeres, meros comediantes.”

Lo que haría Shakespeare si viviese hoy en día es una especulación más bien vana, pero si vamos a eso, habría que proceder basado en lo que sabemos de él. Primero, tendría que ser un actor y un escritor que se dedica al arte puntero de su tiempo, un arte al filo de la modernidad, como era el teatro Isabelino en su día. No sé si el cine seguirá siendo el arte de la modernidad en el siglo XXI, más bien creo que no, pero que lo haya sido en el siglo XX está fuera de cualquier duda.

Siendo así, Shakespeare sería un cineasta, un escritor, director y productor también lo más seguro. Como guionista, tendría la tendencia de adaptar libros u obras de teatro para la gran pantalla, más bien que inventar argumentos. Sería un hombre exitoso, bien considerado y reconocido, que gana un buen dinero por la época en que vive. Y como los genios se suelen reconocer entre ellos, y además se trata de un actor, lo más seguro es que sería un gran admirador de Shakespeare por añadidura.

Con todo esto dicho, es claro que solo hay un cineasta del siglo XX que reúne aquellas características, y ese cineasta es Orson Welles. No es de extrañar, por tanto, que son las adaptaciones que Welles hace de Shakespeare, y sobre todo tal vez, Campanadas A Medianoche, que siguen siendo, a día de hoy, la cumbre de las representaciones de la obra de Shakespeare en la gran pantalla, por lo menos a mi juicio.

Si la presencia de un actor queda captada en la pantalla como “el reflejo de un espejo diferido en el tiempo” como sostiene André Bazin, tal vez es a través de la presencia de Welles en la pantalla, su imagen diferida en el tiempo, que podamos vislumbrar un destello de lo que habría sido William Shakespeare de haber vivido en nuestros tiempos: es decir, de William Shakespeare, cineasta.

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