Política española

Un Eco de Ortega

Este verano he cogido alguno de los ochos tomos de Obras Completas de José Ortega y Gasset de la biblioteca pública de mi barrio, en la magnífica y cuidadísima edición de la propia Fundación que lleva el nombre de quién puede considerarse uno de los grandes intelectuales europeos del siglo XX. Más que ponerme a fondo con la obra de Ortega, he ido picoteando de entre sus numerosas contribuciones a los diarios de España en los años 30 (Tomo V), sobre todo para el periódico La Nación.

Ortega

Con el soporífero teatro de la investidura de un nuevo gobierno en las portadas de los periódicos y los telediarios – ¿alguien sigue el tema con atención mucho menos interés a estas alturas? – resulta llamativo cuantos de los lamentos de Ortega siguen pertinentes a la España de hoy, más de ochenta años después de su publicación.

Uno de las principales reclamaciones de Ortega, en sus artículos para La Nación, en aquellos primeros años de la República II, era que cundiese un sentido de Estado entre los partidos políticos y los cargos públicos de la administración, algo que parece del todo ausente en España día de hoy: a la vista está.

Pues si existiese semejante sentimiento aquí en España, Rajoy habría dimitido hace mucho tiempo. No se puede seguir al frente de un partido tan enfangado en la corrupción como es el Partido Popular – los últimos tres tesoreros del partido han sido procesados si no me equivoco, sin pasar por alto todo el partido parlamentario de Valencia en bloque – sin hacer un daño considerable a la calidad de democracia y el bienestar del Estado Español.

La gente suele confundir gobierno con Estado, como bien anota Ortega en más de alguna ocasión, y en el caso del gobierno de Rajoy, tienen todo el derecho en hacerlo. ¿Qué pensar, si no, de un gobierno cuyo Ministro de Interior ha tramado contra partidos democráticos catalanes, y una Fiscalía del Estado que no hace nada al respecto cuando las pruebas se le ponen delante de las narices? ¿Qué clase de Estado de Derecho es esto? En cualquier otro país democrático, el escándalo habría sido monumental – y a estas alturas, por doble partida – mientras en España, muchos se limitan a encogerse de hombros, mientras otros aplauden abiertamente.

Pero si la corrupción masiva del PP no fuese suficiente, aun así Rajoy tendría que haber dimitido después del 20D, puesto que era su liderazgo que imposibilitaba un acuerdo entre las demás fuerzas políticas. La actitud del presidente del gobierno Rajoy ha sido del todo deleznable y reprochable desde el varapalo de las elecciones generales de Diciembre .

El PSOE, por su parte, tendría que haber cumplido – o haberlo intentado con algo de ahínco – con el principal deber del partido político progresista más votado no una sino dos veces ya: intentar formar un gobierno con todas las fuerzas progresistas del parlamento. En lugar de eso, el PSOE ha caído en la paranoia y el inmovilismo, superado por un miedo cerval que parece que impida pensar. El PSOE parece que ha renunciado del todo la política, el arte de la política parlamentaria, y a estas alturas, uno tiende a preguntarse de qué sirve Pedro Sánchez, para que esta allí.

Albert Rivera, por su parte, se ha revelado un veleta, y además, un frívolo y oportunista al coger el primero vuelo para Caracas – ¿desde cuándo ha sido España un país de mediadores por cierto, como tiene fama Suecia por ejemplo? – cuando  suficiente tenía entre manos en un España sin gobierno se supone. En cuanto a Pablo Iglesias, la eyaculación precoz que suponen sus exigencias y reclamaciones antes de comenzar ni siquiera las primeras negociaciones con el PSOE después del 20D, le han dejado con visos del pretendiente que anuncia que ya tiene novia a todo el mundo que se encuentra en el camino a su primera cita.

Por otra parte, la prensa española, con alguna excepción particular, ha apoyado a los suyos, cada diario con la misma mezcla de fervor, paranoia, histeria y exageración que caracteriza la prensa nacional de un tiempo a esta parte.

El único que queda bien en todo este desaguisado es el propio Ortega y Gasset, cuya opinión de los políticos era más bien negativa. Sus palabras, del 7 de Julio 1932 en La Nación, solo cobran más relevancia con el paso de los meses y las semanas: “En ningún país los políticos constituyen una selección de los hombres más inteligentes. Ni siquiera las primeras figuras de los partidos lo son…En general, el político es como tal un hombre de segunda clase. Fracasados en otras profesiones, se acogen a la actividad política porque es más fácil, de labor menos precisa…”.

Cuánta razón tenía Ortega, por lo menos en este caso…

 

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